Deja de querer cambiar el mundo. Empieza por hacerte responsable de ti.

Por Karla Pohle y Mariana Mexía.

Co-Fundadoras de Educadores de la Conciencia.

 

Vivimos mirando hacia afuera.

Observamos lo que hacen los demás, lo que está mal en nuestra familia, en nuestra pareja, en nuestro trabajo, en nuestra sociedad. Tenemos opiniones sobre cómo debería comportarse el otro, cómo debería funcionar una empresa, cómo deberían educar los padres, cómo debería pensar nuestra pareja y hasta cómo debería ser el mundo. Y, sin darnos cuenta, podemos pasar gran parte de nuestra vida intentando transformar aquello sobre lo que tenemos menos control.

Pero existe una pregunta mucho más incómoda: ¿qué tanto de aquello que quiero  cambiar afuera ya necesita ser transformado dentro de mí?

 

Deja de querer cambiar al mundo. La máxima responsabilidad que tienes es contigo mismo.

Si ya has intentado cambiar un hábito, una reacción, una creencia, una herida o una manera de relacionarte, sabes lo difícil que puede ser cambiarte a ti mismo. Ahora imagina intentar hacer ese mismo trabajo con otra persona.

Existe una reflexión atribuida al Rebe de Kotzk, maestro jasídico, que expresa esta evolución de manera contundente: primero quiso cambiar el mundo; después pensó en cambiar su ciudad; más tarde, a su familia. Finalmente comprendió que el cambio que realmente podía emprender era el propio. Tal vez ahí comienza una forma diferente de conciencia: dejar al mundo ser mientras te ocupas seriamente de la persona que sí puedes transformar: tú.

Y eso no significa indiferencia ante lo que ocurre afuera. Significa comprender que tu capacidad de influir en el mundo comienza con la responsabilidad que ejerces sobre tu propia existencia. Porque tú eres un universo complejo, y cuidar ese universo requiere mucho más que buenas intenciones.

 

La responsabilidad de tu Ser implica mirar tu cuerpo, tu trabajo y finanzas, tu mente, tus emociones, tu espiritualidad y tu comunidad. 

 

Tu cuerpo es el lugar donde tu vida sucede. ¿Cómo estás habitando el tuyo?

Tu cuerpo no es simplemente la estructura que transporta tu conciencia. Es el vehículo a través del cual experimentamos la vida. Respiras, comes, duermes, te mueves, trabajas, descansas, enfermas, recuperas energía y enfrentas el estrés dentro de ese organismo extraordinariamente complejo que llamamos cuerpo.

Por eso, responsabilizarte de ti comienza también por responsabilizarte de tu salud. ¿Cómo estás comiendo?, ¿cómo estás durmiendo?, ¿cuánto te mueves?, ¿cómo manejas el estrés?, ¿escuchas las señales de tu cuerpo o esperas hasta que el cuerpo tenga que gritar lo que durante años no quisiste escuchar?

Cuidar tu cuerpo no debería reducirse a perseguir una determinada apariencia. Es aprender a reconocer que tus hábitos cotidianos construyen, poco a poco, la vida que estás viviendo y también influyen en la vida que vivirás. La alimentación, el ejercicio, el descanso, la prevención y el manejo del estrés son decisiones que pertenecen a tu territorio de responsabilidad. Y solamente al detenerte a observar esta dimensión puedes darte cuenta de algo: ser responsable de ti ya es un trabajo de tiempo completo. 

Te invitamos a que leas, en nuestro blog, los artículos anteriores que hablamos sobre este vehículo perfecto y complejo que es el cuerpo. 

 

Tu relación con el trabajo y con el dinero también habla de la relación que tienes contigo mismo.

Otra parte fundamental de responsabilizarte de tu vida es la manera en que construyes tu sustento. Tu trabajo no solamente determina cuánto dinero recibes. También ocupa una parte enorme de tu tiempo, de tu energía, de tu atención y de tu identidad.

Por eso vale la pena preguntarte: ¿estoy desarrollando mi vocación o solamente sobreviviendo a mi trabajo?

La educación que tienes sobre el don que puedes ofrecer al mundo influye profundamente en la relación que construyes con tu profesión. Cuando una persona encuentra espacios para desarrollar sus capacidades, talentos y vocación, el trabajo puede convertirse en una fuente de crecimiento y sentido. Cuando vive completamente desconectada de lo que hace, puede convertirse en una fuente permanente de frustración.

Responsabilizarte de tu economía también implica mirar tus hábitos financieros. ¿Qué haces con lo que ganas?, ¿cómo gastas?, ¿planeas?, ¿ahorras?, ¿qué creencias tienes acerca del dinero, la abundancia, el éxito y la seguridad?

Y si tienes hijos o personas que dependen de ti, la responsabilidad adquiere otra dimensión: construir condiciones que permitan sostener las necesidades presentes sin hipotecar completamente el futuro, ni heredar problemas y deudas. 

 

Tu mente: no todo lo que piensas es verdad; algunas de tus ideas simplemente llevan muchos años viviendo contigo.

Aquí comienza una de las responsabilidades más profundas: tu mente interpreta constantemente la realidad. Construye opiniones, desarrolla creencias, crea explicaciones, clasifica personas, establece juicios y construye ideologías desde las cuales decides cómo mirar el mundo. Una creencia repetida durante muchos años puede sentirse como una verdad absoluta.

Por eso, mirar hacia adentro implica preguntarte: ¿de dónde viene lo que pienso?, ¿quién me enseñó a interpretar así la vida?, ¿qué ideas heredé de mi familia?, ¿qué creencias adopté de mi cultura?, ¿qué opiniones mantengo simplemente porque nunca me he detenido a cuestionarlas? Y quizá una de las preguntas más poderosas: ¿cuántas de mis certezas han sido realmente examinadas por mí deliberadamente?

Responsabilizarte de tu mente no significa dejar de tener opiniones. Significa desarrollar la capacidad de observarlas. Una persona consciente no solamente sabe lo que piensa, también puede preguntarse por qué piensa como piensa. Es lo que hoy llamamos metacognición: es como tener un “observador” dentro de tu mente. La metacognición es regular tus procesos mentales y la autonomía mental. Regular tus procesos mentales es dejar de imponer tus ideas, dejar de controlar la manera como piensan los demás, reducir la soberbia intelectual, dando paso a una mente que explora, es curiosa, imagina con conciencia, utiliza la creatividad para desarrollar proyectos, investigar y profundizar, etc. 

 

Tus emociones: la responsabilidad afectiva comienza cuando dejamos de preguntarnos ¿por qué me siento así?, y empezamos a preguntarnos, ¿qué hago con lo que estoy sintiendo?

Lo que no sanas en ti puede terminar convirtiéndose en algo que otros tienen que soportar.

Aquí aparece una responsabilidad que muchas veces preferimos evitar en nuestra historia personal: tus heridas, tus miedos, tus inseguridades, tus patrones, tus frustraciones, la manera en que aprendiste a relacionarte, la manera en que aprendiste a defenderte.

Todo aquello que no has mirado puede aparecer, sin darte cuenta, en tus relaciones. Es decir, de lo que no eres consciente lo irás proyectando en la pareja, en los hijos, en los amigos, en los colaboradores, en los empleados, en las personas que tenemos cerca.

Responsabilizarte emocionalmente significa aprender a reconocer lo que sientes y comprender cómo tus emociones influyen en tus decisiones y en quienes te rodean. La responsabilidad afectiva significa aprender a comunicarte con asertividad, reconocer cuando te equivocas, reparar cuando has causado daño y asumir las consecuencias de tus actos. No se trata de dejar de sentir enojo, miedo, tristeza o frustración.

Se trata de dejar de utilizar tus emociones como una justificación para lastimar.

Sanar tu historia personal no cambia lo que ocurrió; cambia la manera en que aquello sigue participando en tu presente. Cuanto más trabajas en ti, mayor posibilidad tienes de relacionarte desde la libertad y el amor.

La responsabilidad afectiva no solo es sanar el karma, es construir deliberadamente tu capacidad emocional. Construir tu paz, tu felicidad, tu empatía, ternura, compasión. Comprendiendo que eres tú quien vive las emociones y las emociones conscientes también tendrán un impacto significativo en la calidad de tu vida, influyendo también en el cuerpo y la mente. 

 

La espiritualidad no es escapar de la vida, es aprender a habitarla con mayor conciencia. 

La espiritualidad no está relacionada con alejarte de la vida cotidiana. Es la manera en que vives tu día, es el sentido que encuentras en lo que haces, en la relación que tienes contigo, en la capacidad de observarte, en la disposición para cuestionarte, en tu conexión profunda con tu Ser y con la vida misma, trabajando tu cosmovisión. 

La espiritualidad puede entenderse como la disposición a evolucionar, o en palabras de Shaman Durek: cualquiera que quiera evolucionar, transformarse, o crecer de alguna manera, es espiritual. Es decir, la voluntad de crecer interiormente, de ampliar tu conciencia, de dejar atrás versiones de ti que ya no corresponden con la persona que quieres construir.

Evolucionar requiere responsabilidad. No puedes pedir una vida diferente mientras sigues tomando exactamente las mismas decisiones. No puedes pedir paz mientras alimentas constantemente aquello que te la roba.

La conciencia comienza cuando dejas de preguntarte solamente “¿qué está pasando?” y empiezas a preguntarte “¿qué estoy haciendo yo con lo que está pasando?” 

Te invitamos a nuestro siguiente blog, donde profundizaremos sobre la espiritualidad, pues no queremos simplificarla en estos párrafos. 

 

Comunidad: tus vínculos no son un accidente,  las personas que eliges también reflejan aquello que has construido dentro de ti. 

Cuidarte a ti también significa aprender a elegir, construir y nutrir los vínculos que forman tu vida. Mirar hacia adentro no significa vivir aislado, Al contrario, cuanto más trabajas en ti, más consciente puedes ser de las relaciones que construyes. ¿Cómo eliges pareja?, ¿desde la libertad o desde la necesidad?, ¿desde el amor o desde la carencia?, ¿te relacionas con personas que te suman, te inspiran y te permiten crecer? ¿o repites vínculos conocidos porque, aunque sean dolorosos, resultan familiares?

La manera en que eliges a las personas que forman parte de tu vida también habla de tu nivel de conciencia, y esto no significa buscar relaciones perfectas. Significa aprender a construir relaciones suficientemente sanas, recíprocas y significativas.

La comunidad es un factor primordial para la felicidad y longevidad del ser humano, según las investigaciones del Harvard Study of Adult Development (el estudio científico sobre la felicidad más largo de la historia, iniciado en 1938). Los investigadores concluyeron que la calidad de nuestros vínculos afectivos y la conexión con la comunidad predicen una vida larga y saludable de forma mucho más precisa que la riqueza, la fama, la clase social o el coeficiente intelectual. 

La Universidad de Stanford comparte los mismos hallazgos deduciendo que el aislamiento social acorta la vida y que cultivar la vida en comunidad es clave de un envejecimiento exitoso, al mismo nivel de importancia que una dieta equilibrada o la actividad física constante.  

Por eso, cuidar de ti no significa únicamente comer bien, hacer ejercicio o trabajar en tus emociones, en tu mente, en tu vocación y servicio. También significa cuidar tu comunidad: llamar, escuchar, acompañar, pedir ayuda, ofrecer ayuda, estar presente. Invierte tiempo en las personas que amas.

Tu bienestar no se construye solamente en soledad, también se construye en la calidad de los vínculos que eliges cultivar.

 

Y entonces, ¿dónde está tu responsabilidad?

Después de recorrer todas estas dimensiones puedes comprender la magnitud de la frase: deja de cambiar al mundo, cámbiate tú.

No porque el mundo no necesite cambios, no porque debamos permanecer indiferentes ante lo que sucede, sino porque resulta muy fácil exigir transformación afuera mientras evitamos mirar aquello que necesita ser transformado dentro: tu cuerpo, tu mente, tus emociones, tu trabajo, tu economía, tu conciencia, tu espiritualidad, tus relaciones y tu manera de vivir. Hay suficiente trabajo ahí.

Y existe algo todavía más poderoso: cuando una persona comienza a transformarse, inevitablemente transforma el espacio que habita.

Una persona más consciente se relaciona diferente. Un padre más consciente educa diferente. Una pareja más consciente ama diferente. Un líder más consciente dirige diferente.Un trabajador más consciente participa diferente. Una persona que se responsabiliza de sí misma deja de exigirle al mundo aquello que ella todavía no está dispuesta a construir.

Existe otra manera de mirar esta responsabilidad, según el experto en comportamiento humano, Chase Hughes, que es preguntarte constantemente qué estás haciendo hoy por la persona que serás mañana. A veces es preparar con anticipación tu comida, dejar lista tu ropa, preparar la maleta del gimnasio, organizar tu agenda, dormir a una hora adecuada, ahorrar, terminar aquello que prometiste, hacer una llamada que has postergado, pedir perdón, poner un límite, ir a terapia, hacer ejercicio y elegir no responder desde el enojo.

Son pequeñas decisiones que parecen insignificantes en el momento, pero que van construyendo una versión futura de ti. Cuidar de tu “yo futuro” es una de las formas más concretas de amor propio. La idea es que puedas mirar hacia atrás de una manera diferente, no desde la culpa y el arrepentimiento sino enfocarte en mirar al pasado con gratitud. Eres el resultado de las decisiones de tu “yo pasado”, y tu “yo futuro” será el resultado de las decisiones que estás tomando hoy.

 

La máxima responsabilidad.

Cuidar de tu YO es mucho más que sentirte bien. Es construirte, es conocerte, es responsabilizarte de tu cuerpo, de tus pensamientos, de tus emociones, de tu trabajo, de tus recursos, de tu conciencia y de tus relaciones. Es dejar de vivir esperando que alguien más cambie para que tú puedas estar bien. Es dejar de poner tu transformación en manos del mundo.

El verdadero cambio no comienza cuando consigues que los demás sean diferentes, comienza cuando tú decides dejar de ser el mismo. Y entonces sucede algo extraordinario. El cambio que parecía ser solamente personal comienza a expandirse, tu transformación alcanza a tu pareja, a tus hijos, a tu familia, a tu equipo, a tu comunidad, a las personas con las que trabajas y a las personas que todavía no conoces.

Como expresa una frase del Dr. Alfonso Ruiz Soto: “el individuo es el sustento de la pareja, la pareja es el sustento de la familia, la familia es el sustento de la sociedad y la sociedad es el sustento del individuo.”

Pregúntate: ¿qué parte de mí necesita hoy mi atención, mi responsabilidad y mi amor? Cuidar de ti no es egoísmo, es asumir la responsabilidad de la vida que te fue entregada. Cuando empiezas a hacerlo, algo cambia, dejas de mirar afuera esperando que el mundo se transforme, y comienzas a convertirte en parte de la transformación que quieres ver.

 

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